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Algunos comentarios para entender mejor la Carta Encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco. (Primera Parte) PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Hector Lopez Bello   
Martes 27 de Agosto de 2013 11:20

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La reciente publicación de la Encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco  amerita una serie de comentarios para que, en su desglose, pueda ser comprendida de una forma más pertinente por parte de los creyentes. Ofrecemos, en este escrito, algunas pautas para que el lector interesado en el tema encuentre un itinerario de respuestas sobre las reflexiones que sugiere el documento pontifico. Hemos divido nuestro documento en dos partes. La primera de ellas contiene una introducción general acerca de los aspectos temáticos que motivaron a la encíclica. La segunda parte desarrolla una serie de cometarios particulares sobre los principales elementos doctrinales que el Papa Francisco ofrece en su documento encíclico.

“Creo para entender y entiendo para que creer”

San Agustín (Serm. 43, 7,9)

 

 

 

1.      Introducción

 1.1 ¿Por qué volver a reflexionar sobre la fe?

En el mundo contemporáneo, lleno de cambios vertiginosos, donde la mayoría de los hombres han entendido (como en su momento lo enseñó Nietzche) que no hay hechos, sino sólo interpretaciones, hablar de la verdad y de sus fundamentos parecería ser ir en contra de lo dogmáticamente establecido. Cada quien interpreta al mundo según su propio mundo, lo que ha llevado a olvidar el hecho objetivo y a postular una visión subjetiva. Pero interpretar no es postular una visión individual del hecho real; interpretar es, ante todo, abrir la mente para encontrar la verdad en lo que se interpreta, en buscar sus fundamentos y en transmitir objetivamente el hecho conocido.

Cuando cedemos la razón ante la tentación del camino fácil de negarnos a la verdad objetiva, y nos conformamos con un planteamiento meramente individual, nos privamos de la oportunidad de conocer y de comprender a la realidad humana; en pocas palabras, nos alejamos de la ocasión de creer que hay algo más allá del mero hecho empíricamente tangible. La verdad se convierte así en un hecho particular y aislado, y no se da como fruto de un diálogo interpretativo entre la auténtica razón y la realidad objetiva. Una postura individualista reduce a la razón humana a una mera instantaneidad, sujeta a los vaivenes de los paradigmas establecidos por el consenso general y no le permite entrar en un conocimiento profundo del propio hombre y de sus potencialidades.

El imperio del relativismo en la sociedad actual es fruto del miedo del hombre por creer en algo que le dé sentido más allá de su aquí y ahora. El relativismo es un vago intento de explicar al hombre sólo desde una perspectiva externa, desde sus manifestaciones empíricas, donde no se postula una verdad general sino verdades particulares, las más de las veces sesgadas por efímeras ideologías, y se prescinde así de un análisis profundo de lo que significa la existencia humana. Hay un temor generalizado por abundar en el conocimiento de las cosas más allá de la experiencia sensible, y ello trae como consecuencia un alejamiento de la realidad humana, una soledad arraigada y una incertidumbre en su devenir.

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El miedo del hombre a conocerse a sí mismo, y con ello, a conocer al otro, lo coloca en la cómoda posición de olvidarse de sí y para olvidarse del prójimo. Pero, ¿por qué tiene miedo el hombre a conocer la Verdad? Desde luego que no es por falta de herramientas epistemológicas, sino más bien por la falta de una luz que ilumine su experiencia vital, de algo que le haga notar su trascendencia humana y su realidad espiritual. Sólo se le teme a lo que no se conoce, porque lo desconocido genera incertidumbre, nos saca de nuestra zona de confort e implica un esfuerzo de la razón por atender a elementos extrínsecos a uno mismo. En cambio cuando se conoce algo, se asimila, se aprehende, y se logra discernir en qué medida la cosa conocida ayuda a perfeccionarnos. Por eso, cuando se conoce algo bueno no sólo se le asimila, sino que se le desea, porque ese conocimiento lleva a romper esquemas preestablecidos que muchas veces nos alejan de un fin virtuoso. El auténtico miedo no radica en la falta de conocimiento, sino en la falta de voluntad por conocer. Filosóficamente hablando, la gran ventaja de la verdad es que existe y que se puede conocer, y que, una vez conocida lleva al hombre a reflexionar en torno a sí y a entenderse como un ser trascendente que quiere y que debe buscarla sinceramente, para que, como consecuencia, la comparta con los demás y en esa medida alcance un fin bueno.

En efecto, cuando el hombre descubre que es un ser trascendente, logra desprenderse de su materialidad y dirige su propia vida por un fin que va más allá del instante; busca los medios para perfeccionarse y compartir esa propia experiencia, porque de esa manera crece en su esencia y mejora su vitalidad; sale de la tristeza inconsciente que impera en su cotidianeidad y se alegra en el descubrimiento de algo que motiva su existencia. Todas esas potencialidades las canaliza el hombre que cree más allá de su instante personal, el hombre que se sabe parte de la historia, el hombre que acepta su debilidad individual y se fortalece en la vida en comunidad, el hombre que interpreta objetivamente a su realidad; en pocas palabras, la alegría humana surge cuando el hombre se sabe creado por y para la caridad, cuando se sabe una creatura, cuya libertad debe estar encausada por un fin mayor que ilumina su razón y su andar. En consecuencia, la auténtica felicidad sólo es guiada cuando el hombre interpreta a la verdad mediante la fe.

1.2  Tiempos modernos

No es desconocido para nadie que el imperio del relativismo en el mundo moderno ha llevado al hombre a desprenderse de una fe trascendente y que le ha educado a creer sólo en aquello que empíricamente pude ser comprobado. La ciencia, la tecnología o la estadística son los nuevos parámetros que cuantifican, e incluso, que califican al hombre. El progreso se mide en cifras, el avance el números. La reflexión y el análisis profundo no tienen cabida en estos nuevos esquemas de comprensión humana. Sólo hay que creer en eso que se puede medir, que se puede reproducir o que se puede innovar. Las necesidades humanas se circunscriben sólo a las que materialmente pueden ser atendidas y satisfechas. El afán hedonista lleva a pensar que ya no hay que mirar al interior del alma, si es que existe un producto que satisface el deseo externo del cuerpo. Por eso el hombre moderno sólo cree en lo que él mismo ha inventado, en lo que con su ingenio ha fabricado, y se priva de la posibilidad de reflexionar profundamente sobre su papel como ser creado. Pareciera que la fe ha cambiado de esquemas y se ha desprendido de la razón humana para insertarse sólo en la cientificidad palpable. En suma, la fe del hombre moderno parece estar puesta en lo que racionalmente puede ser explicado y no en lo que razonadamente puede ser comprendido.[1]

relativismo 2

Sin embargo, la esencia misma del hombre, un ente dotado de razón y de libertad, necesariamente le lleva a cuestionarse y a buscar respuestas dentro y fuera de sí, a descubrirse como una creatura trascendental cuya vida tiene un sentido, y que para lograrlo debe hurgar en su propia razón y creer en lo que su corazón le guía. Por eso el hombre invariablemente tiene una fe inherente a su naturaleza racional que le invita constantemente a buscar un perfeccionamiento personal, a buscar en los demás un complemento vital que dé significación a la convivencia social y a creer que su libertad sólo cobra sentido cuando está orientada por unos criterios extra materiales que iluminan su vivir, porque le indican un fin último bueno al cual perseguir.

Por ello, el tema de la fe en la razón humana es un tópico constante de reflexión en toda la historia del pensamiento, porque hablamos de una cualidad óntica que describe y orienta su propia existencia, su papel como ser creatura. Hablar de la fe es hablar de uno de los temas más presentes en el ámbito de la existencia humana. Es el criterio orientador del actuar de las personas, la guía moral de los actos humanos, la luz que encamina su historia vital y su historia social.

La historia de la humanidad ha demostrado que la religión (ese vínculo libre y personal con una deidad superior a la instantaneidad material del hombre) es el motor de las civilizaciones. Todas las religiones del mundo entienden al hombre como un ser trascendental, que sólo puede explicarse cuando tiene fe en que algo o alguien más allá de su propia existencia y le da pautas para determinarse a sí mismo. Desde esta perspectiva antropológica, el hombre que reflexiona se sabe incompleto, se sabe insuficiente, pero también se sabe perfectible, por lo que identifica que el acto de una Inteligencia Superior, ya sea por amor (judeocristianismo) o ya sea por voluntad (antiguas religiones paganas o actuales las religiones orientales) le ha creado. Somos, por tanto, creaturas cuyo fin último no se encuentra en un mundo sensible y efímero sino en un estado trascendente y perenne más allá de la materialidad corpórea.

Y aunque hayan sido (y siguen siendo) muchos los intentos ideológicos por desprender el sentido religioso del hombre, la propia naturaleza humana reclama ese lugar de creencia interna en algo más allá de la instantaneidad mundana. Por eso el tema de la fe merece una constante reflexión, más ahora en que los tiempos modernos nuevamente llevan la tendencia de desarraigar al hombre de un sentido espiritual y sumirlo en un mundo sin esperanza, sin respuestas trascendentes, donde lo que vale es lo políticamente correcto y no lo razonadamente verdadero.

De esta forma, la fe nuevamente se convierte en esa luz que debe guiar la razón del hombre y que le lleve a recuperar su papel en la historia como copartícipe de la creación, como constructor de entornos de dialogo y reflexión que logren vincular a la razón y a la libertad de la propia humanidad hacia un fin bueno y deseado.

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     En los siguientes párrafos elaboramos algunos comentarios que, desde el cristianismo católico, invitan a reflexionar sobre el papel de la fe en la vida cotidiana del hombre. Como una virtud teologal (es decir, que viene dada directamente por Dios), junto con la esperanza y la caridad, la fe se erige en el elemento esencial no sólo para creer sino para comprender el papel del hombre y su relación con Dios creador. Para los comentarios que aquí esbozaremos, tomamos como punto de partida la encíclica Lumen Fidei, “La Luz de la fe”, escrita recientemente por el Papa Francisco, y adicionalmente emplearemos algunos otros elementos teológicos y filosóficos que nos ayuden a profundizar sobre los tópicos ahí planteados. Esta nueva encíclica es un valioso documento no solamente desde el punto de vista teológico, sino ante todo, desde una perspectiva antropológica, el cual nos invita a reflexionar panorámicamente sobre el auténtico significado de la fe del hombre cristiano.

 2.      Elementos formales del documento pontificio

 2.1 Presupuesto teórico: “¿Qué es una encíclica?”

Antes de iniciar el análisis teórico de la encíclica “Lumen Dei” del Papa Francisco, conviene primero puntualizar algunos conceptos formales para familiarizarnos más con el tema. En efecto, si lo que pretendemos en este escrito es explicar el contenido de una encíclica papal, resulta pertinente exponer los aspectos más relevantes de dichos documentos pontificios. Cabe, en primer lugar, preguntarnos válidamente ¿qué es una encíclica?

Pues bien, una encíclica es un documento solemne que trata asuntos de la Iglesia o determinados puntos de la doctrina católica, los cuales son dirigidos por el Papa a los obispos y a los fieles católicos de todo el mundo. Es decir, el Papa realiza un escrito monográfico donde explica ampliamente un punto en concreto de la fe católica y delimita ahí cuál es el contenido doctrinal que se convierte en dogma para los fieles. Tiene un aspecto formal de carta o misiva que el Sumo Pontífice envía a su grey, esto es, se dirige a los fieles en un lenguaje claro y comprensible para todos, para transmitir así un aspecto de la fe católica. Este tipo de documentos tiene su antecedente histórico en las cartas o epístolas que los apóstoles enviaban a las comunidades de los primeros cristianos, por ejemplo, las Cartas de San Pedro o de San Pablo que forman parte del Nuevo Testamento.

A lo largo de la historia de los pontífices, muchos han sido los temas concretos que han tocado las encíclicas. Para recordar algunas importantes basta nombrar, a manera de ejemplo: “Mater et Magistra” (1961) de Juan XIII, la cual trata sobre los aspectos sociales y el papel evangelizador de la Iglesia en los tiempos modernos; “Humanae Vitae” (1968) de Paulo VI, que habla sobre el respeto a la vida humana desde la concepción; “Fides et Ratio” (1998) de Juan Pablo II, donde se explica la relación inherente entre la fe y la razón; “Deus caritas est” (2005) de Benedicto XVI, la cual señala los aspectos más relevantes del auténtico amor cristiano, etc.

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Ahora bien ¿qué importancia tiene una encíclica? Desde luego que la máxima importancia  dentro de la doctrina cristiana, ya que, como apuntábamos, en ese documento el Papa, como máximo jerarca episcopal, delimita cuáles son los aspectos a seguir dogmáticamente para los católicos en torno a un punto concreto de la fe. La Iglesia, en su papel de “educadora en la fe”, tiene una vocación heredada de enseñar al pueblo cuáles son los elementos formales de dogmas y creencias apegadas a la verdad contenida en el Evangelio, y los obispos deben velar por su cumplimiento y observación explicado y encausando a los fieles en su seguimiento. “La misión del Magisterio –señala el Catecismo de la Iglesia Católica- está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido así, para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de la infalibilidad en materia de fe y de costumbres.” (CIC, 890).

Entonces ¿sólo el Papa puede escribir las encíclicas? Al tratar de un punto doctrinario concreto sobre la fe católica, una encíclica sólo puede ser redactada, bajo ese carácter, por el Sumo Pontífice, máxima autoridad de la Iglesia. Como el contenido temático de una encíclica viene a formar parte del Magisterio de la Iglesia (que junto a las Sagradas Escrituras y a la Tradición llega a ser fuente formal del aspecto dogmático de la fe católica), los temas que toca se convierten en dogma de fe, es decir, cuestión que obliga a la creencia y al seguimiento por parte de los bautizados en la fe católica. Teniendo esta trascendencia dogmática, sólo el Papa tiene la autoridad carismática de señalar y delimitar formalmente los aspectos importantes de fe. Por ello, el contenido de una encíclica goza de la infalibilidad pontificia, es decir, que lo que el Sumo Pontífice ahí señala, se toma como verdad auténtica, sin la posibilidad de cuestionamiento alguno ni de desobediencia teológica. “El Romano Pontífice –nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-, cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.” (CIC, 891).

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Pero entonces ¿en qué consiste la infalibilidad del Papa? Como sucesor de Pedro, se dice que Papa goza del carisma, es decir, de la facultad y potestad dada directamente por Cristo de decidir en Su nombre todos los aspectos formales y doctrinales de Su Iglesia. El fundamento lo encontramos en ese bello pasaje del Evangelio de Mateo, cuando Cristo confiere la potestad directa a Pedro diciéndole: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no podrán vencerla. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” (Mt, 16, 18-19). Es decir, es Cristo mismo quien confiere todo poder dogmático a Pedro y, por añadidura, también a sus sucesores. En consecuencia, tratándose de aspectos dogmáticos de fe, el Papa no los explica bajo un aspecto exclusivamente humano, sino que goza de la asistencia divina para esclarecer y determinar qué contenido específico deberá tener la doctrina de la Iglesia. Por ello el Papa goza de una facultad especial de decisión y pronunciamiento sobre puntos específicos del gobierno de la Iglesia. [2] Por ello, “La infalibilidad prometida a la Iglesia –nos sigue comentando el Catecismo de la Iglesia Católica- reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar como revelado por Dios para ser creído y como enseña Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esa infalibilidad abarca todo el depósito de la revelación divina.” (CIC, 891).

Dicho esto ¿el Papa siempre es infalible en todo lo que dice? En consecuencia con lo anteriormente señalado, el carisma de la infalibilidad papal sólo se ve manifiesto cuando el Sumo Pontífice ejerce dicha facultad heredada de Cristo sobre los aspectos concretos de fe que, como Pastor de la Iglesia universal realiza, no así en los demás aspectos que como un bautizado más ejerce. Por ejemplo, no hay infalibilidad papal cuando el Sumo Pontífice se pronuncia en una entrevista, en un discurso, en un libro o en un tema aislado de catequesis; estos documentos sólo tienen un aspecto orientador pero no obligatorio. En cambio, como una encíclica sí trata aspectos esenciales de la fe católica, su contenido sí obliga a los fieles por entenderse que, en su redacción, el Papa gozó de una inspiración divina y la expide bajo una potestad dada directamente por Cristo, pues se entiende que no es el Papa quien exclusivamente dice el contenido del documento, sino que es Cristo mismo quien habla en voz del Sumo Pontífice y de sus obispos  para transmitir la verdad del Evangelio, porque, como dice Jesús en el Evangelio: “El que a vosotros oye, a Mí me oye.” (Lc. 10, 16). Como señala de nueva cuenta el Catecismo de la Iglesia Católica: “A esta enseñanza ordinaria los fieles deben adherirse con espíritu de obediencia religiosa.” (CIC, 892). Dada pues la trascendencia teológica que tiene una encíclica para la doctrina católica, dichos documentos deben ser estudiados y asimilados por todos los creyentes para una correcta ordenación de su fe cristiana. Es por ello que aquí dedicamos unas páginas precisamente para estudiar y trasmitir la enseñanza de un documento encíclico.

Papa

Entonces, si una encíclica es tan importante para la doctrina católica ¿sobre qué temas de fe está obligado el Papa a escribir y con qué frecuencia debe hacerlo? Con respecto a ello, señala el Código de Derecho Canónico que “El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el señor encomendó personalmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria que es suprema, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente.” (CDC, can. 331). Ello implica que el Papa tiene potestad absoluta para ejercer su cargo, por lo que goza de una plena libertad pastoral que su cargo le confiere, pero no existe un imperativo, ni temporal ni temático, para pronunciarse sobre un tópico en concreto, pues no hay ninguna autoridad terrena por encima de él. Sin embargo, en el ejercicio de esa libertad pastoral, el Sumo Pontífice atiende a los temas que la coyuntura histórica, social o dogmática impone a la Iglesia, y acude a la asistencia divina para tratar y explicar temas doctrinales que son de alta prioridad en un momento dado.

Por ello, las encíclicas que los Papas dirigen a su pueblo siempre son dadas en el marco de un momento histórico de vital importancia para la Iglesia, y pueden ser tantas como la realidad histórica lo señale. Veamos algunos ejemplos. La encíclica “Rerum Novarum” (1891) de León XIII fue promulgada en un momento histórico en que era fundamental que la Iglesia se pronunciase sobre los aspectos sociales que los cambios económicos y políticos significaron en el mundo en un periodo de transición de dos siglos, y que delimitase el papel social de la Iglesia, los derechos de los trabajadores y de los patrones y la visión del bien común que el progreso económico debía mostrar. O bien, la encíclica “Humanae Vitae” (1968) de Paulo VI se dio en el marco de los avances científicos y tecnológicos que en materia de genética humana se dieron a mediados del siglo pasado y que la Iglesia debía hacer un pronunciamiento formal sobre el valor del respeto de la vida humana y su dignidad desde el momento de la concepción. Asimismo la encíclica “Sollicitudo rei Socialis” (1987) o sobre la preocupación social, de Juan Pablo II, fue promulgada en el marco político de la llamada guerra fría, donde se hacía una enfática crítica a los desvaríos sociales que los regímenes comunistas imponían a sus gobernados y la cierta indiferencia de justicia social que los regímenes capitalistas sostenían, afirmando el papel incluyente de la Iglesia y su vocación por el bien común. Y por último, las encíclicas de “Deus caritas est” (2005), “Spe Salvi” (2007) y “Caritas in veritate” (2009) de Benedicto XVI, son extraordinarios documentos que denuncian el imperante relativismo moral que existe en mundo moderno, y hacen una invitación por recuperar los valores supremos de la caridad, de la esperanza y de la verdad, revitalizando el papel de la Iglesia por fomentarlos y transmitirlos.

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En suma ¿las encíclicas son los documentos más importantes que escribe el Papa? A esta pregunta podemos contestar afirmativamente, ya que, como explicamos con anterioridad, en el ejercicio de su labor pastoral, el Papa señala en una encíclica cuál es la visión dogmática de la Iglesia sobre un tema concreto que la realidad histórica impone a la sociedad y cómo la Iglesia responde ente ello. Como las encíclicas son un documento de asistencia divina en su redacción, y son promulgadas en el marco de un horizonte histórico, su contenido dota de contemporaneidad a la Iglesia; es decir, la hace una comunidad viva, presente en los cambios sociales y como un factor de guía moral para los creyentes.

Con el contenido las encíclicas, la Iglesia se renueva doctrinalmente, se hace una institución moderna en el marco de la modernidad, trayendo consigo una innovación sin perder su carisma tradicional; hacen presente a Cristo como Dios vivo y lo colocan al alcance del hombre moderno hablando el mismo lenguaje de la actualidad. Por eso la labor pastoral del Papa contenida en sus encíclicas, renuevan a la Iglesia como una institución de creación divina, trascendente a la temporalidad de los hombres que la constituyen, y la encaminan como guía perenne en la historia, cumpliendo fielmente así el mensaje profético de Cristo: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.” (Mc. 13, 31)

 3.      Marco temático de la encíclica Lumen Fidei

 3.1 Pertinencia histórica de la encíclica del Papa Francisco

Ahora bien ¿por qué resulta tan valiosa un escrito pontifico que trata ampliamente sobre el tema de la fe? Consideramos que dos son los hechos históricos que enmarcan la pertinencia histórica de un documento tan valioso como lo es la reciente encíclica del Papa Francisco.

El primero de ellos, se relaciona con el itinerario doctrinal iniciado por su antecesor, Benedicto XVI, quien recordando el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, invitó a todos los católicos a celebrar desde el pasado 11 de octubre de 2012 el “Año de la Fe”, fiesta católica en la se invita a todos los creyentes a conocer, a practicar y a refirma su fe en Cristo y en el Evangelio.[3]

      año de la fe

      El segundo hecho histórico, y tal vez el más influyente en la doctrina de los últimos pontífices, es la creciente deshumanización en la que se ha sumido el mundo contemporáneo, donde los valores humanos esenciales paulatinamente han venido disgregándose hasta caer un predominante relativismo moral, hecho histórico que la Iglesia católica observa con gran preocupación y que enfrenta con absoluta responsabilidad en su papel evangelizador. No en vano en los últimos veinte años se han escrito y dirigido la mayor cantidad de documentos de tipo ético y moral hacia los fieles católicos por parte de Roma. Por ello, el propio Benedicto XVI enfatizó la importancia de recuperar el camino de la fe en los momentos actuales de crisis moral en el mundo: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.”[4]

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Consideramos que estos dos elementos históricos, como antecedentes conceptuales, nos permiten entender mejor por qué era tan necesario un documento por parte del Papa para entender y comprender con mayor precisión el itinerario de la fe, así como el papel de la Iglesia en los tiempos modernos. El Papa Francisco, consciente de la enorme responsabilidad que su encargo eclesiástico representa, ha tomado con absoluto compromiso su misión evangelizadora, y nos envía, a pocos meses del inicio de su pontificado, un primer documento que traza claramente los ejes rectores de su ministerio papal, a saber, continuación y reafirmación de la tradición y del magisterio de la Iglesia y, además, un acercamiento total con su pueblo hablándoles en su propio lenguaje, con claridad en las ideas y con amor en las palabras.

Por ello resulta tan precisa en la línea histórica de la Iglesia, la encíclica Lumen Fidei, porque da continuidad al Magisterio y porque ilumina su ministerio en un momento histórico del mundo marcado por los cambios morales y que reclama nuevas líneas de acción que revitalice con más fuerza la auténtica fraternidad entre los hombres.

3.2  La encíclica del Papa Francisco en la línea del Magisterio de la Iglesia

La iglesia católica es una institución viva, fundada por Cristo y trascendente en el tiempo. Tiene como finalidad transmitir la verdad del Evangelio a todos los hombres de todos los tiempos, porque la Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. La misión de la Iglesia –señala el Catecismo de la Iglesia Católica- es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio  sobre la tierra de este Reino de salvación.[5] Al tener esa misión salvífica, la Iglesia debe atender a todas las realidades históricas que influyen en el hombre y tiene que continuar evangelizando, con la tradición de su Magisterio pero con la innovación de la actualidad, a todos los pueblos de la Terra, atendiendo con especial interés aquéllos hechos históricos que hacen oscurecer a la humanidad en su camino hacia Dios. Por eso la preocupación del Papa como Pastor de la Iglesia universal es la de atender con especial interés los hechos históricos que influyen a su pueblo.

Desde el inicio de su Pontificado, el Papa Francisco se ha mostrado sumamente interesado por atender directamente las necesidades de la Iglesia. Es un Papa cercano a sus obispos y aún más cercano a la gente. Una de sus preocupaciones principales es la de llevar nuevamente, con más fuerza e interés la Palabra de Dios a todos, y mira con gran inquietud los problemas actuales que el mundo vive, encarándolos con valentía y revitalizando el papel formativo de la Iglesia católica como una institución preocupada por atender los nuevos tiempos que vive el hombre. Por ello el Papa enfáticamente invita a todos los cristianos a renovar la fe en Cristo y a trabajar alegremente  por auténtica justicia de Dios, apelando con fe al amor de Dios: “He aquí la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios; dejemos que la fuerza de su amor trasforme también nuestras vidas, y hagámonos instrumentos de esa misericordia, cauces a través de los cuales Dios puede  regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.”[6]

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Para hacer énfasis en esa invitación personal que el Papa hace a su pueblo, nos brinda una primera herramienta doctrinal, su primera encíclica pastoral, para que sea una guía y una luz en nuestros pasos como Iglesia que camina hacia un mundo de justicia.

En la segunda parte de este escrito elaboramos una serie de comentarios particulares a cada uno de los cuatro capítulos que conforman la encíclica Lumen Fidei, ofreciendo algunas reflexiones que ayudarán al lector para un mejor acercamiento a los conceptos del documento pontificio.

Héctor LÓPEZ BELLO

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[1] Cfr., Joseph Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Ediciones Encuentro, Madrid, 1995.

[2] Para abundar más sobre el tema de la infalibilidad pontificia, cfr. Constitución Apostólica Lumen Gentium, 25 y ss.

[3] Cfr. Carta Apostólica de Benedicto XVI, Porta Fidei, con la que se convoca el Año de la Fe.

[4] Porta Fidei, No. 2.

[5] Cfr., CIC, Nos. 767-769.

[6] Mensaje Urbi et orbi del Papa Francisco con motivo de la Pascua, 31 de marzo de 2013.

Última actualización el Martes 27 de Agosto de 2013 11:33