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Una corriente de gracia PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por -   
Martes 31 de Mayo de 2011 17:53

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El despertar de las experiencias que hacen referencia al Espíritu es considerado como un acontecimiento típico de los momentos de transformación de la Iglesia. ¿Qué quiere decimos la actual difusión de asociaciones laicales que ponen al Espíritu Santo en la base de su propio existir?

No quisiera subrayar excesivamente este concepto de los momentos de transformación de la Iglesia, porque no creo que sea posible señalar un año concreto, en la historia de la Iglesia y de la sociedad en general, en el que los hombres no hayan individuado un momento de crisis y de transición. Sería como caer en una explicación esencialmente sociológica del fenómeno: no niego que exista también este elemento, pero a mi modo de ver, lo esencial que hay que tener presente es que el Espíritu sopla donde y cuando quiere, de un modo o de otro. y a nosotros nos corresponde respetar esta libertad del Espíritu.

Ciertamente existen y se pueden individualizar razones sociológicas en el origen del nacimiento de este fenómeno pentecostal y carismático en el mundo de hoy: una puede ser la oposición a un exasperado racionalismo que se había experimentado en el siglo pasado; otra, la reacción a una Iglesia demasiado institucional o del establishment, como se dice en inglés. Pero en el fondo de todo esto, veo el hecho de que Dios se reserva su intervención en la historia con una libertad soberana, lo cual puede querer decir que existen períodos en los que se da un mayor florecimiento de carismas y otros en los que se tiene una acción más ordenadora Y sistematizadora de la estructura eclesial; y que, sin embargo no son, necesariamente, menos espirituales que los primeros.

Un signo fuerte para nuestro siglo es que el despertar carismático se ha tenido primero en el ámbito protestante y, solamente después de algunos decenios, en el ámbito católico.

Me he preguntado sobre lo que esto puede querer decir y he encontrado un elemento de solución en los Hechos de los Apóstoles, allí donde se habla de cómo el Espíritu Santo hizo comprender a los apóstoles que era necesario salir de la concha que suponía para ellos el mundo judaico y admitir en la fe también a los paganos. La modalidad elegida fue la de llevar a Pedro a casa de Cornelio y hacerle ver que Dios concedía el mismo y único Espíritu Santo también a quien todavía no pertenecía a la ley mosaica. Pedro sacó su propia conclusión diciendo: «Por tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?» (Hch 11, 17).

Creo que en este siglo el Espíritu Santo, manifestándose a veces con formas idénticas en las distintas confesiones cristianas, haya querido conducimos de nuevo a este camino, haciéndonos  comprender que ya no podemos seguir «excomulgándonos» los unos a los otros. El Vaticano n centró convenientemente la cuestión, al afirmar que el Espíritu Santo actúa también en las otras
Iglesias. Éste es, tal vez, el motivo más importante que nos anima e impulsa hacia la unidad: el Espíritu no interviene para anular las divergencias, sino más bien nos da el impulso para allanarlas. Es el mismo método que en los orígenes: el Espíritu Santo no resolvió todos los problemas de convivencia entre judíos y paganos, pero inspiró el desarrollo del concilio de Jerusalén en el que, después de una animada discusión y valoración de las distintas posturas, al final se alcanzó una decisión común.

Los nuevos movimientos pentecostales, haciendo florecer de nuevo la corriente espiritual carismática que desde hacía tiempo parecía  adormecido, han impulsado también a volver a tomar conciencia de lo que el Espíritu Santo da. ¿Cuál es el camino recorrido hasta ahora y cuáles sus principales frutos?

Entre la realidad de los movimientos carismáticos y el redescubrimiento teológico de los carismas, existe una relación circulante, si consideramos el ámbito cristiano en su conjunto. Entre los protestantes, la reaparición de los carismas ha tenido lugar a nivel experiencial a comienzos de siglo y, sucesivamente, se han intensificado los estudios y las reflexiones; entre los católicos, se ha verificado exactamente lo contrario: en primer lugar, con la encíclica Divinum illud munus de León XIll y con la profundización llevada a cabo por el Vaticano 11, ha tenido lugar la toma de conciencia teológica, a la que hacia finales de los años sesenta ha correspondido la reaparición efectiva de la experiencia carismática.

Sin la ya citada declaración sobre los carismas, introducida en el número 12 del documento conciliar, Lumen gentium, probablemente el movimiento carismático no habría sido aceptado en la Iglesia tan rápidamente como lo fue. Así lo confirmaba el cardenal Suenens, que fue el promotor de aquel texto y que, posteriormente, recibió de Pablo VI el oficio de «patrono» de la experiencia carismática.

Un interrogante que se planteaba también el cardenal Suenens, y que me parece actual todavía hoy, es si el término movimiento «carismático» sea el más adecuado para definir dicha realidad. Él habría preferido, sin duda, hablar de «pentecostalismo» o de movimiento «pentecostal», en cuanto que esta palabra abarca todas las expresiones del Espíritu, tanto las santificantes como las carismáticas.

Esto solucionaría también la objeción de que, después del bautismo, todos somos carismáticos en la Iglesia, y no solamente aquellos que se adhieren a esta realidad eclesial específica, que en Italia la ha tomado el nombre de Rinnovamento nello Spirito Santo. Para explicar el sentido de esta realidad, el mismo cardenal Suenens decía que se trata de una «corriente de gracia» que debería descargarse sobre toda la Iglesia y después desaparecer, como si se tratara de una sacudida eléctrica capaz de reactivar el latido cardíaco de la comunidad.

En los grupos carismáticos, los frutos más comunes que se observan y que brotan del Espíritu Santo, que está en el centro de la vida cristiana- son la oración (especialmente en forma de alabanza y adoración), el redescubrimiento del señorío de Cristo, una experiencia real de conversión. El don más bello que la Renovación carismática, como los demás grupos laicos, puede ofrecer a la Iglesia es, en efecto, acoger a cristianos inertes y transformarlos en fieles comprometidos en la vida de la parroquia y en la misión de la Iglesia transformar a los cristianos «de nombre» en cristianos «reales».
Última actualización el Miércoles 01 de Junio de 2011 09:17