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¿Sinfonia o nueva Babel? PDF Imprimir Correo electrónico
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Martes 31 de Mayo de 2011 17:55

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¿Pero cómo es que esta experiencia carismática se había ido perdiendo a lo largo de los siglos? Los carismas nunca han desaparecido de la vida de la Iglesia: más bien, se había empañado en la teología el convencimiento de su importancia en la vida del cristiano «común». De forma incorrecta, los carismas eran confundidos, en efecto, con las manifestaciones extraordinarias que veían como protagonistas a los santos -éxtasis, milagros, dones extraordinarios de contemplación y de oración- y ya no eran considerados como un hecho ordinario de la experiencia cristiana. Su redescubrimiento actual se revela, de este modo, como una vuelta a los orígenes, cuando toda la comunidad cristiana era carismática, en el sentido de que vivía en el seno de una activa presencia del Espíritu Santo, el cual se manifestaba, precisamente, en tales modos.

Entre las causas del debilitamiento de esta dimensión carismática, un elemento no secundario fue -ya en el siglo V- la triste andadura del movimiento montanista: fundado en Asia Menor por el sacerdote Montano, sus miembros se consideraban dotados de singulares iluminaciones del Espíritu Santo y consideraban inminente el [m del mundo. Posteriormente, el surgir de grupos heréticos que no reconocían la autoridad del obispo impuso a la Iglesia una potenciación del ministerio de la autoridad.

Poco a poco, este último carisma -tanto a nivel doctrinal como pastoral y práctico- ha sometido de hecho a todos los demás, haciéndoles parecer casi superfluos. Y este equívoco se ha perpetuado hasta el siglo pasado, tanto es así que uno de los mayores teólogos de mediados del siglo XIX, Johan Adam Mohler, dijo, sin que nadie se asombrara por ello, que «Cristo ha pertrechado suficientemente a la vida de la Iglesia cuando instituyó la jerarquía». Hoy esta frase, aun reconociendo la indiscutible importancia de la jerarquía, ya no la repetiríamos, porque el Vaticano U ha clarificado definitivamente que, junto a la dimensión jerárquica de la Iglesia, puede y debe existir también la dimensión carismática.

Dentro de la corriente carismática existen varias comunidades, con caminos diversificados. ¿A qué es debida esta dificultad de crear unidad? Y, además, ¿cómo se puede reconocer dónde sopla verdaderamente el Espíritu?

Desde los orígenes del cristianismo, éste es quizá el «vicio original» de los carismas. En Corinto, que es la comunidad carismática por excelencia, se forman de inmediato partidos de adeptos a este o aquel personaje, hasta el punto de suscitar la desaprobación de Pablo: «Estoy informado de vosotros, por los de Cloe, de que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: "Yo soy de Pablo", "Yo de Apolo", "Yo de Cefas", "Yo de Cristo"» (1 Co 1, 11-12). Esto es debido, probablemente, al hecho de que el carisma potencia la personalidad de quien lo recibe: si esta persona no crece, al mismo tiempo, en el espíritu de la santidad -o sea, en las virtudes de la humildad, obediencia, negación de sí mismo- se puede verificar un exceso de protagonismo, con la consiguiente creación de núcleos de poder y de influencia que se plantean en una actitud de rivalidad.

No es necesario que donde está el Espíritu exista una unidad total: es más, la característica principal del Espíritu es, precisamente, la diversidad en la unidad. Pero esto debe llevar a un enriquecimiento de toda la comunidad y no a su fragmentación. Si se trata de una sinfonía y no de una nueva Babel y el confín entre ambas frecuentemente es muy sutil), se ve solamente por los frutos que surgen. Corresponde, entonces, al obispo que preside la unidad de la Iglesia reconocer cuándo estas realidades, a pesar de su diversidad, son convergentes y pluriformes y cuándo son, por el contrario, destructivas y estridentes.

El problema se advierte profundamente también en la nueva oleada de las Iglesias pentecostales, que no se identifican ni con el catolicismo ni con el protestantismo, en cuyo seno han ido surgiendo poco a poco centenares de denominaciones, debido a sus progresivos desmembramientos y recomposiciones. Así pues, este fenómeno de las subdivisiones y más sub-divisiones, evidentemente, es inherente a una realidad en la cual las estructuras son mínimas y la referencia al Espíritu es el hecho esencial; pero si las estructuras, en el momento adecuado, no se consolidan, se llega fácilmente a la segmentación de la experiencia y al caos.

Creo, por esto, que el don que los carismáticos católicos han recibido de nuestra Iglesia ha sido precisamente el de tener a sus espaldas una sólida institución, en la que existe una guía segura por parte del Papa y de los obispos. Ciertamente, también en Italia han surgido varias denominaciones de distinta envergadura espiritual e incidencia pastoral; pero de todas formas, han dado lugar, al menos, a cuatro caminos diferentes reconocidos eclesialmente a nivel nacional o diocesano.

Participando como miembro de la delegación católica en el diálogo con las Iglesias pentecostales, he aprovechado la ocasión para poner de manifiesto que la Iglesia católica ha mostrado cómo la institución es capaz de acoger al carisma, de modo que ahora le toca al carisma demostrar que es capaz de acoger a la institución. Este ejemplo debería, a mi modo de ver, impulsar al pentecostalismo de matriz protestante a abandonar sus recelos hacia la institución, más aún a potenciar este componente para evitar así ulteriores desmembraciones. San Agustín solía decir, en efecto, que el signo evidente de la presencia del Espíritu Santo no son los milagros o el hablar en lenguas, sino más bien el amor por la unidad de la Iglesia.
Última actualización el Miércoles 01 de Junio de 2011 09:17