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El signo de la desconfianza PDF Imprimir Correo electrónico
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Miércoles 01 de Junio de 2011 07:12

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En la experiencia que algunos quieren hacer de la presencia del Espíritu, existe la fuerte tentación de la milagrería a toda costa, del perseguir denodadamente todo aquello que parece excepcional o entusiasmante.

¿Por qué no es correcto este comportamiento? ¿Acaso porque de este modo jamás se alcanza la verdadera consistencia espiritual que descansa en el ocultamiento?
 
La milagrería es un peligro verdadero y objetivo, un movimiento nada sano, porque se puede incluir en aquella condena que Jesús hacía en el evangelio cuando dice: «¿Por qué esta generación pide una señal?» (Me 8,12). Dios da las señales y el mismo evangelio está lleno de esos signos, pero el querer siempre más, es el pecado de la incredulidad, representa la declaración de desconfianza respecto a Dios.

Ahora, la experiencia de la Iglesia demuestra que la existencia cristiana -para acceder a niveles superiores de profundidad y de madurez- debe pasar también a través de la «noche oscura» de la fe, esto es, cuando hay que creer a pesar de todas las dudas que la mente intenta hacer prevalecer. La constante búsqueda de signos implica, en cambio, un permanecer en el estado de principiante en la vía de la fe, sin alcanzar jamás la dimensión adulta.

También por esto, con toda justicia, el Papa y los obispos han puesto en guardia diversas veces a los movimientos carismáticos de la excesiva búsqueda de lo milagroso. Pero es una llamada de atención que sirve para toda la comunidad eclesial, que hoy muestra una cierta tentación a ir a diestro y siniestro hacia lugares que parecen los epicentros de la acción del Espíritu Santo en nuestra época. El gesto más sano es el de someterse al discernimiento del magisterio ecIesial, no disminuyendo la posibilidad que tiene el Espíritu de realizar milagros, sino recordando que el milagro más grande es el de hacer creer sin milagros.

A veces se observa también un cierto protagonismo por parte de quien se siente investido de carismas particulares. ¿De qué modo se pueden evitar tales exageraciones?

A menudo esto depende del hecho de que la santidad de la persona no es proporcional a la entidad del carisma poseído. Recordemos que Jesús utiliza palabras durísimas: «Muchos me dirán aquel día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, yen tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "[Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"» (Mt 7, 22-23).

La solución, en teoría, es muy simple. Es necesario crecer en la humildad, en la obediencia, en la mortificación, porque los carismas son sanos solamente cuando están sólidamente fundamentados. De lo contrario, tarde o temprano se corrompen y pueden también transformarse en perjuicio para la Iglesia. Por desgracia, las personas expuestas a estas tentaciones de protagonismo, a este sentirse inspirados directamente por el Espíritu Santo, raramente tienen la capacidad y la disponibilidad de dejarse corregir por otros; aún más, cuando se les contradice, se abandonan a victimismos extraños, acusando a sus críticos de estar ofuscados por el demonio o movidos por la envidia. A veces está en juego, incluso el equilibrio mental o la buena fe de estos «carismáticos», que se atribuyen un carisma que no existe o no proviene realmente del Espíritu.

Dicho esto, es conveniente hacer una precisión. Cuando juzgamos los posibles defectos de un grupo carismático, tenemos que estar muy atentos a no caer, rápidamente y de manera facilona, en esa típica afirmación que tantas veces escuchamos: «¿Cómo es posible que se divague tanto, si en este ámbito está presente el Espíritu?» Ésta es una tentación que experimenté también yo hace muchos años y que me mantuvo alejado de dicha experiencia porque pensaba: «Si esta realidad es suscitada por el Espíritu, entonces no puede haber esto o lo otro ... ».     ,

Después comprendí que se trata de un modo completamente equivocado de razonar, ya que los dones de Dios siempre son confiados a las pobres manos de los hombres, que son capaces de contaminar hasta lo más puro. Así pues, el comportamiento correcto no es escandalizamos apenas advertimos algo que no funciona, sino estar atentos a ver más allá de lo inmediato o, corno se suele decir, no echar la soga tras el caldero 2.

2. N. del T.: La expresión utilizada por el autor es: non gettar via il bambino con [' acqua sporca [no arrojar al bebé con el agua del baño]. El significado de este dicho italiano es evidente; se trata de no deshacerse precipitadamente de lo que se considera inútil, pues, al hacerlo de este modo, también se puede perder lo que hay que conservar. Hay que saber discernir lo fundamental de lo accesorio.

Última actualización el Miércoles 01 de Junio de 2011 09:22