Fiat

Búsqueda

Ediciones Anteriores

Banner
Banner
Fiat Mater Unitatis

 

 

Un sitio de:





Las relaciones y los valores familiares según la Biblia I PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Congreso Teológico-Pastorale   
Jueves 02 de Julio de 2009 07:50

AddThis Social Bookmark Button

Dividiré mi intervención en tres partes. En la primera ilustraré el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio y la familia y cómo se realizó en la historia de Israel; en la segunda parte hablaré de la recapitulación obrada por Cristo y de cómo se interpretó y vivió en la comunidad cristiana del Nuevo Testamento; en la tercera parte procuraré contemplar qué puede aportar la revelación bíblica a la solución de los problemas actuales del matrimonio y de la familia.

Dirigiré mi atención a lo que funda la familia, y por lo tanto el matrimonio y la relación de pareja, porque creo que sobre ello la Biblia tiene una palabra siempre actual que pronunciar, más que sobre la familia como realidad social y sobre las relaciones dentro de ella, contexto en el que la Biblia refleja una cultura muy distinta de la de hoy. Por lo demás sabemos que una buena relación entre los progenitores es la condición básica para que la familia pueda desarrollar un papel educador respecto a los hijos. Muchos dramas juveniles de hoy son fruto de matrimonios disgregados o disfuncionales.

Matrimonio y familia: proyecto divino y realizaciones humanas en el Antiguo Testamento

1. El proyecto divino

Se sabe que el Libro del Génesis tiene dos relatos distintos de la creación de la primera pareja humana que se remontan a dos tradiciones diferentes: la yahvista (siglo X a. C.) y la más reciente (siglo VI a. C.) llamada “sacerdotal”.

En la tradición sacerdotal (Gn 1, 26-28) se crea simultáneamente al hombre y a la mujer, no a uno del otro; se pone en relación el ser varón y mujer con el ser a imagen de Dios: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”. El fin primario de la unión entre el hombre y la mujer se contempla en ser fecundos y llenar la tierra.

En la tradición yahvista (Gn 2, 18-25), la mujer es obtenida del hombre; la creación de los dos sexos se ve como remedio a la soledad (“No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada”); más que el factor procreador, se acentúa el factor unitivo (“El hombre se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”); cada uno es libre ante la propia sexualidad y la del otro: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro”.

En ninguna de las dos redacciones se alude a una subordinación de la mujer al hombre, antes del pecado: los dos están en un plano de absoluta igualdad, aunque la iniciativa, al menos en el relato yahvista, es del hombre.

La explicación más convincente del porqué de esta “invención” divina de la distinción de sexos la he encontrado en un poeta, Paul Claudel, no en un exégeta:

“El hombre es un ser orgulloso; no había otro modo de hacerle comprender al prójimo que introduciéndolo en la carne. No había otro medio de hacerle entender la dependencia y la necesidad, más que mediante la ley de otro ser diferente [la mujer] sobre él, debida al sencillo hecho de que existe”.[1]

Abrirse al otro sexo es el primer paso para abrirse al otro, que es el prójimo, hasta el Otro con mayúscula, que es Dios. El matrimonio nace bajo el signo de la humildad; es el reconocimiento de dependencia y por lo tanto de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es realizar el acto más radical de humildad. Es hacerse mendigo y decirle al otro: “No me basto a mí mismo, necesito de tu ser”. Si, como pensaba Schleiermacher, la esencia de la religión consiste en el “sentimiento de dependencia” (Abhaengigheitsgefuehl) frente a Dios, entonces la sexualidad humana es la primera escuela de religión.

Hasta aquí el proyecto de Dios. No se explica, sin embargo, la continuación de la Biblia si, junto al relato de la creación, no se tiene en cuenta también el de la caída, sobre todo lo que se dijo a la mujer: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” (Gn 3,16). El predominio del hombre sobre la mujer forma parte del pecado del hombre, no del proyecto de Dios; con aquellas palabras Dios lo preanuncia, no lo aprueba.

2. Las realizaciones históricas

La Biblia es un libro divino-humano no sólo porque tiene por autores a Dios y al hombre, sino también porque describe, intercaladas, la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre; no sólo por el sujeto que escribe, sino también por el objeto de la Escritura. Esto aparece particularmente evidente cuando se confronta el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia con su actuación práctica en la historia del pueblo elegido.

Es útil registrar las deficiencias y las aberraciones humanas para no sorprendernos demasiado de lo que sucede a nuestro alrededor y también porque demuestra que el matrimonio y la familia son instituciones que, al menos en la práctica, evolucionan en el tiempo, como cualquier otro aspecto de la vida social y religiosa. Siguiendo en el Libro del Génesis, ya el hijo de Caín, Lámek, viola la ley de la monogamia tomando dos mujeres. Noé, con su familia, aparece como una excepción en medio de la corrupción general de su tiempo. Los propios patriarcas Abraham y Jacob tienen hijos de varias mujeres. Moisés autoriza la práctica del divorcio; David y Salomón mantienen un verdadero harén de mujeres.

Las desviaciones sin embargo parecen, como siempre, más presentes en las cúpulas de la sociedad, entre los jefes, que al nivel del pueblo, donde el ideal inicial del matrimonio monogámico debía ser la norma, no la excepción. La literatura sapiencial –Salmos, Proverbios, Sirácida-, más que los libros históricos (que se ocupan precisamente de los jefes), nos permite hacernos una idea de las relaciones y de los valores familiares que se tienen en consideración y se viven en Israel: la fidelidad conyugal, la educación de la prole, el respeto a los padres. Este último constituye uno de los Diez Mandamientos: “Honrar padre y madre”.

Más que en las transgresiones prácticas individuales, el desapego del ideal inicial es visible en la concepción de fondo que se tiene del matrimonio en Israel. El oscurecimiento principal está relacionado con dos puntos básicos. El primero es que el matrimonio, de ser un fin, pasa a ser un medio. El Antiguo Testamento, en su conjunto, considera el matrimonio como “una estructura de autoridad de tipo patriarcal, destinada principalmente a la perpetuación del clan. En este sentido hay que comprender las instituciones del levirato (Dt 25, 5-10), del concubinato (Gn 16) y de la poligamia provisional”[2]. El ideal de una comunión de vida entre el hombre y la mujer, fundada en una relación personal y recíproca, no se olvida, pero pasa a un segundo plano respecto al bien de la prole.

El segundo grave oscurecimiento se refiere a la condición de la mujer: de ser compañera del hombre, dotada de igual dignidad, aparece cada vez más subordinada al hombre y en función del hombre. Esto se ve hasta en el tan celebrado elogio de la mujer del Libro de los Proverbios: “Una mujer completa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas...” (Pr 31, 10 ss). Se trata de un elogio de la mujer realizado enteramente en función del hombre. Su conclusión es: ¡feliz el hombre que posee tal mujer! Ella le teje bellas vestiduras, honra su casa, le permite caminar con la cabeza alta entre sus amigos. No creo que las mujeres estén hoy entusiasmadas con este elogio.

Los profetas tuvieron un papel importante al devolver a la luz el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio, en particular Oseas, Isaías, Jeremías. Asumiendo la unión del hombre y de la mujer como símbolo de la alianza entre Dios y su pueblo, como reflejo volvían a poner en primer plano los valores del amor mutuo, de la fidelidad y de la indisolubilidad que caracterizan la actitud de Dios hacia Israel. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal se evocan y emplean con este fin: el encanto del amor en el estado naciente en el noviazgo (Cf. Jr 2, 2); la plenitud del gozo el día de la boda (Cf. Is 62, 5); el drama de la ruptura (Cf. Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (Cf. Os 2, 16; Is 54, 8).

Malaquías muestra la beneficiosa repercusión que el mensaje profético podía tener sobre el matrimonio humano y, en especial, sobre la condición de la mujer. Escribe:

“El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y espíritu? Y este uno, ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad, pues, vuestro espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud.” (Ml 2,14-15).

A la luz de esta tradición profética hay que leer el Cantar de los Cantares. Éste representa un renacimiento de la visión del matrimonio como atracción recíproca, como eros, como encanto del hombre ante la mujer (en este caso, también la mujer ante el hombre), presente en el relato más antiguo de la creación.

Se equivoca, en cambio, cierta exégesis moderna que interpreta el Cantar de los Cantares exclusivamente en clave de amor humano entre un hombre y una mujer. El autor del Cantar se sitúa dentro de la historia religiosa de su pueblo, donde el amor humano había sido asumido por los profetas como metáfora de la alianza entre Dios y el pueblo. Oseas ya había hecho de su propia situación matrimonial una metáfora de las relaciones entre Dios e Israel. ¿Cómo pensar que el autor del Cantar prescinda de todo ello? La lectura mística del Cantar, querida a la tradición de Israel y de la Iglesia, no es una superposición posterior, sino que está de alguna manera implícita en el texto y lejos de restar algo a la exaltación del amor humano, le confiere un esplendor y una belleza nueva.

Segunda parte

Tercera parte

 

Última actualización el Viernes 03 de Julio de 2009 15:26
 

Comentarios 

 
+1 # elisa 26-11-2010 21:59
la fidelidad es mantenerse fiel antes todas las crisis q nos veng asi como se mantuvo rizpa en medio de su situación tan dificil, pero ella le dio el primer lugar a DIOS.
Responder | Responder con una citación | Citar
 
 
+1 # elisa 26-11-2010 22:01
nosotros hoy en dia en medio del mundo qnos rodea debemos demostrarle q cristo es el centro de nuestra vida, y debemos de ser fieles asi como lo hiso job en medio de su dificultad.
Responder | Responder con una citación | Citar
 
 
+1 # elisa 26-11-2010 22:02
gracias a usted me gusto su comentarios acerca de l afidelidad
Responder | Responder con una citación | Citar
 
 
+1 # Ricardo 30-11-2010 16:39
La paz sea con usted, Elisa.
Muchas gracias por leer nuestros artículos. Es gratificante saber que provocan bien en las almas.
Gracias por sus comentarios que apreciamos tanto.
"Todo lo podemos en aquel que nos hace fuertes", san Pablo.
Dios le bendiga!
Responder | Responder con una citación | Citar
 
 
+1 # sthefany 02-05-2012 17:11
es lo mas de recontra genial esta gran historia de todo esto aunque no lo lei
Responder | Responder con una citación | Citar
 

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar