8. El Sacrificio Imprimir
Escrito por Card. Fco. Xavier Nguyen Van Thuan   
Viernes 17 de Septiembre de 2010 09:32

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¿Ser un santo o un pecador?... Frecuentemente esto tiene que ver con la aceptación o el rechazo del sacrificio de un instante.

UN TESTIMONIO DE AMOR.

148. La mortificación y la meditación van juntas Si has huido del sacrificio no te quejes de la tibieza de tu meditación.

149. Necesitas mucho espíritu de sacrificio para vivir con personas que te son extrañas por sus opiniones, situaciones o ideales. Imita a Cristo: toda una existencia en medio de pecadores, treinta y tres años de sacrificios continuos.

150. Ante alguien que es inoportuno hay dos reacciones posibles: o oeste hombre me hace daño...” o “Gracias a él me santifico”.

151. El mundo dice: “Este hombre es una calamidad”. Tú dirás: “Este es el instrumento del Señor destinado a mi conversión”.

152. Todos veneran a los estigmatizados. Pero cada uno tiene miedo de las llagas que el Señor podría imprimirle por medio de la mortificación.

153. Piensas que no tienes nada que ofrecer en sacrificio al Señor. Pero El sabe que tú has dejado pasar muchas ocasiones: sonreír ante una burla, guardar silencio ante una calumnia o una injusticia dirigidas a ti, seguir amando a un amigo que te traiciona, evitar una respuesta agresiva. Cada momento puedes encontrar una ocasión de sacrificio.

154. No te mortifiques al estilo de los fariseos, sino como enseña el Evangelio.

155. Quien de veras ama se sacrifica sin cesar, sin anunciar sus méritos.

156. Afirmas no encontrar ocasión de sacrificarte; esto es señal de tu poco amor para el Señor.

157. Sin mortificación no hay verdadera santidad. “Quien no ha renunciado a sí mismo y no ha cargado su cruz” no puede seguir a su “Maestro”. Es una condición indispensable, ‘sine qua non’.

158. Sacrifícate, no sacrifiques a los otros.

159. El amor te hará disponible para el sacrificio total: “Para que el mundo sepa que el Padre ama a su Hijo, y que el Hijo ama al Padre, nos levantaremos y partiremos...”

160. Sin mortificación exterior, nadie creerá en tu sacrificio interior. La mortificación de los sentidos es especialmente necesaria. David cayó porque no supo guardar su mirada.

161. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” Un 13,1) Este ‘extremo’ del amor es la Cruz. Para que tu amor llegue al extremo, tu sacrificio debe ser total, perfecto como el de la víctima inmolada.

162. Todo lo que te aleja de Dios ofrécelo en sacrificio. Si es tu ojo, ¡arráncatelo!; tu mano o tu pierna, ¡córtatelas!

163. El Señor reserva el sacrificio para los que ama. Al ver el pequeño número de los que lo aceptan, se puede pensar que son pocos quienes pertenecen a esta categoría.

164. Si no te sacrificas en cosas pequeñas renunciarás ante los sacrificios grandes.

165. Como estímulo, ponle un objetivo preciso a cada sacrificio: la salvación de un alma, la salud de un enfermo, la Iglesia que, en alguna región está en peligro.

166. Quien se esfuerza por levantarse por la mañana con entusiasmo, lo mantendrá hasta el fin del día. Es determinante el momento de despertar.

167. No temas nada. Considera todo lo que tuvieron que soportar los apóstoles: hambre, pobreza, ataques, bandidos, azotes, naufragios en el mar, falsas acusaciones, prisión y la muerte. ¿Tienes miedo? ¡No vas, a ser apóstol!

168. Si por la mortificación tú alcanzas el dominio de ti mismo, tu alma y tu cuerpo serán amigos y socios invencibles. Si no, serán enemigos, encadenados uno al otro para siempre.

169. Quien tiene espíritu de sacrificio es indulgente para con los defectos de los otros y severo para los suyos propios.

170. Hay quienes se mortifican y quieren que todos lo sepan, quienes sin mortificarse quisieran que los demás creyeran lo contrario, y finalmente, los que mortificándose sin descanso no quieren hacerlo saber.

171. En las grandes peregrinaciones formadas por miles de personas, todo mundo quisiera estar a la cabeza para llevar la cruz. Pero ¿por qué hay tan pocos voluntarios en la peregrinación de la vida diaria? El heroísmo silencioso es mucho más ingrato.

172. ¿Ser un santo o un pecador?... Frecuentemente esto tiene que ver con la aceptación o el rechazo del sacrificio de un instante.

173. El Credo debería conturbarte, porque allí se te enumeran los sacrificios de Cristo: “Se encarnó... y se hizo hombre. Fue crucificado, muerto y sepultado...” Sacrificio de toda una vida ofrecida en holocausto.

174. No podrás sacrificar tu vida, ni ofrecer tu existencia, a menos que tengas una esperanza inquebrantable en el Señor: “El resucitó según las escrituras; subió al cielo. Vendrá con gloria.., y su reino no tendrá fin”.

175. No creas que eres el único que tiene que sacrificarse. Mira a tú alrededor: hasta los niños pequeños se sacrifican...; los adultos se despojan de todo para educar a los hijos y nietos. Deberías ruborizarte ante ellos. Hay pobres que bajo sus ropas miserables tienen corazones heroicos.

 
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