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| “Todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios” 2da. parte. |
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| Escrito por P. Rainero Cantalamessa |
| Martes 12 de Mayo de 2009 20:09 |
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El Espíritu como guía en la Escritura. Después de esta premisa, vamos al versículo del capítulo octavo de la Carta a los Romanos sobre el que desearía detenerme hoy: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14).El tema del Espíritu Santo-guía no es nuevo en la Escritura. En Isaías todo el camino del pueblo en el desierto se atribuye a la guía del Espíritu. “El Espíritu del Señor los guió a descansar” (Is 63, 14). Jesús mismo “Jesús fue llevado (ductus) por el Espíritu al desierto” (Mt 4,1). Los Hechos de los Apóstoles nos muestran una Iglesia que, poco a poco, es “conducida por el Espíritu”. El mismo proyecto de san Lucas de hacer que, al evangelio, le sigan los Hechos de los Apóstoles, tiene el objetivo de mostrar cómo el mismo Espíritu que había guiado a Jesús en su vida terrena ahora guía a la Iglesia, como Espíritu “de Cristo”. ¿Va Pedro hacia Cornelio y los paganos? Es el Espíritu quien se lo ordena (Cf. Hch 10,19;11,12); en Jerusalén, ¿los apóstoles toman decisiones importantes? Es el Espíritu quien las ha sugerido (15, 28). La guía del Espíritu se ejerce no sólo en las grandes decisiones, sino también en las cosas pequeñas. Pablo y Timoteo quieren predicar el Evangelio en la provincia de Asia, pero “el Espíritu Santo se lo había impedido”; intentan dirigirse hacia Bitinia, pero “no lo consintió el Espíritu de Jesús” (Hch 16, 6 s.). Se comprende después el porqué de esta guía tan apremiante: el Espíritu Santo empujaba de este modo a la Iglesia naciente a salir de Asia y asomarse a un nuevo continente, Europa (Cf. Hch 16,9). Para Juan, la guía del Paráclito se ejerce sobre todo en el ámbito de la conciencia. Es Aquel que “guiará” a los discípulos hacia la verdad completa (Jn 16,3); su unción “enseña toda cosa”, hasta el punto que quien la posee no necesita de otros maestros (Cf. 1 Jn 2, 27). Pablo introduce una importante novedad. Para él, el Espíritu Santo no es sólo “el maestro interior”; es un principio de vida nueva (¡“los que son guiados por Él son hijos de Dios”!); no se limita a indicar qué hay que hacer, sino que también da la capacidad de hacer lo que manda. En ello, la guía del Espíritu se diferencia esencialmente de la de la Ley que permite ver el bien que hay que cumplir, pero que deja a la persona a solas con el mal que no quiere (Cf. Rm 7, 15 ss.). “Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Ga 5,18), había dicho el Apóstol anteriormente, en la Carta a los Gálatas (Ga 5,18). Esta visión paulina de la guía del Espíritu, más profunda y ontológica (en cuanto toca el ser mismo del creyente), no excluye la más común de maestro interior, de guía en el conocimiento de la verdad y de la voluntad de Dios, y en esta ocasión es precisamente de lo que querría hablar. Se trata de un tema que ha tenido un amplio desarrollo en la tradición de la Iglesia. Si Jesucristo es “el camino” (odòs) que lleva al Padre (Jn 14, 6), el Espíritu Santo –decían los Padres- es “la guía a lo largo del camino” (odegòs) [2]. “Este es el Espíritu –escribe san Ambrosio-, nuestra cabeza y guía (ductor et princeps), que dirige la mente, confirma el afecto, nos atrae adonde quiere y orienta hacia lo alto nuestros pasos” [3]. El himno Veni creator recoge esta tradición en los versos: “Ductore sic te praevio vitemus omne noxium”: contigo como guía todo mal evitaremos. El Concilio Vaticano II se comprende en esta línea cuando habla “del Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor” [4]. |
| Última actualización el Miércoles 13 de Mayo de 2009 09:50 |






El Espíritu como guía en la Escritura. Después de esta premisa, vamos al versículo del capítulo octavo de la Carta a los Romanos sobre el que desearía detenerme hoy: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14).