Realidad y existencia del Diablo (2da. parte) PDF Imprimir Correo electrónico
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Jueves 01 de Julio de 2010 11:49

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¿Qué defensa, qué remedio se puede oponer a la acción del Demonio? La respuesta es más fácil de formular, aunque permanece difícil para ponerla en práctica. Podríamos decir: todo aquello que nos defiende del pecado nos resguarda asimismo del enemigo invisible. 

 

 

El enemigo oculto que siembra el error

Sabemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diabólico, que atañen a nuestra vida y a toda la historia humana. El demonio está en el origen de la primera desgracia de la humanidad; él fue el tentador falaz y fatal del primer pecado, el pecado original (Génesis cap. 3). Desde aquella caída de Adán el demonio adquirió un cierto dominio sobre el hombre, del que sólo la redención de Cristo nos puede liberar. Es historia que dura todavía: recordemos los exorcismos del bautismo y las frecuentes referencias de la Sagrada Escritura y de la Liturgia a la agresiva y oprimente “potestad de la tinieblas” (Lucas 22,53). Es el enemigo número uno, el tentador por excelencia. Sabemos así que este ser oscuro y turbador existe realmente, y que actúa todavía con traicionera astucia; es el enemigo oculto que siembra errores y desventuras en la historia humana. Debemos recordar la reveladora parábola evangélica del trigo y la cizaña, síntesis y explicación del carácter ilógico que parece presidir nuestras contrastantes vicisitudes (Mateo 13,28: “El enemigo del hombre ha hecho esto”). Es el “homicida desde el principio... y padre de la mentira” como lo define Cristo (Juan 8,44); es el que insidia sofisticadamente el equilibrio moral del hombre. Es él el encantador pérfido y astuto, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de desordenados contactos sociales en el juego de nuestro obrar, para introducir en ello desviaciones, tan nocivas como conformes en apariencia con nuestras estructuras físicas o síquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas.

Todo esto referente al Demonio y su influjo, que él puede ejercer tanto sobre las personas como en las comunidades y sobre sociedades enteras o los acontecimientos diarios, sería un capítulo muy importante para reestudiar en la doctrina católica, aunque en verdad poco se hace hoy al respecto. Algunos piensan que encuentran una suficiente compensación en estudios psicoanalíticos o psiquiátricos, o en experiencias espiritistas, tan extendidas hoy en algunos países. Se teme recaer en antiguas teorías maniqueas, o en pavorosas divagaciones fantásticas y supersticiosas. Hoy al respecto los hombres prefieren mostrarse fuertes y desprejuiciados, presentándose como positivistas, aunque después prestan oídos a tantos gratuitos preconceptos con tintes mágicos o populares, o peor aún, abren su propia alma –¡su propia alma bautizada, visitada tantas veces por la presencia eucarística y habitada por el Espíritu Santo!- a experiencias licenciosas de los sentidos, o a las más deletéreas de los estupefacientes, así como a las seducciones ideológicas de los errores de moda, convirtiéndose todas éstas en rendijas a través de las cuales el Maligno puede penetrar fácilmente para alterar la mentalidad humana. No decimos que cada pecado se deba directamente a la acción diabólica (Cf. S. TH. 1, 104, 3); sin embargo es verdad que quien no se vigila a sí mismo con cierto rigor moral (Cf. Mat. 12,45; Ef. 6,11) se expone al influjo del mysterium iniquitatis, al que se refiere San Pablo (2 Tes. 2,3-12), y que torna problemática la alternativa de nuestra salvación. Nuestra doctrina se vuelve incierta, oscurecida por las mismas tinieblas que circundan al Demonio. Pero nuestra curiosidad, excitada por la certeza de su múltiple existencia, se vuelve legítima a partir de estas dos preguntas: ¿Hay signos, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica? y ¿cuáles son los medios de defensa contra tan insidioso peligro?

Presencia de la acción del maligno

    La respuesta a la primer pregunta impone gran cautela, a pesar de que los signos del Maligno parecen a veces hacerse evidentes (Cf. TERTULL. Apol. 23). Podríamos suponer su siniestra acción allí donde la negación de Dios se vuelve radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma de modo hipócrita y fuerte contra la verdad evidente, donde el amor es apagado por un egoísmo frío y cruel, donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (Cf. 1 Cor. 16,22; 12,3), donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde la desesperación se afirma como la última palabra, etc. Pero este es un diagnóstico demasiado amplio y difícil, que nosotros no nos atrevemos ahora a profundizar y a autenticar, aunque no está privado de un interés dramático, al que también la literatura moderna ha dedicado páginas famosas (Cf. Como ejemplo las obras de Bernaos, estudiadas por CH. MOELLER, Litter. Du XXe siècle, I, p. 397 ss; P. MACCHI, Il volto del male in Bernanos; cf. además Satán, Etudes Carmelitaines, Desclée de Br. 1948). El problema del mal queda como uno de los problemas más grandes y permanentes para el espíritu humano, aún después de la victoriosa respuesta que nos da Jesucristo: “Nosotros sabemos, escribe el Evangelista S. Juan, que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn. 5,19).

La defensa del cristiano

A la otra pregunta: ¿qué defensa, qué remedio se puede oponer a la acción del Demonio? La respuesta es más fácil de formular, aunque permanece difícil para ponerla en práctica. Podríamos decir: todo aquello que nos defiende del pecado nos resguarda asimismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia asume un aspecto de fortaleza. Y todos recordamos cuanto ha simbolizado la pedagogía apostólica en la armadura de un soldado las virtudes que pueden volver invulnerable al cristiano (Cf. Rom. 13,12; Ef. 6,11,14,17; 1 Tes. 5; 8). El cristiano debe ser un verdadero militante; debe ser fuerte y vigilante ( 1 Ped. 5,8); y debe a veces recurrir a ejercicios ascéticos especiales para alejar ciertas incursiones diabólicas; Jesús enseña esto, indicando el remedio “en la oración y el ayuno” (Mc. 9,29). Y el Apóstol sugiere la línea maestra que hay que mantener: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rom. 12,21; Mt. 13,29).

    Por lo tanto, con la conciencia de las adversidades presentes en las cuales hoy se encuentran las almas, la Iglesia y el mundo, nosotros buscaremos de darle sentido y eficacia a la habitual invocación de nuestra principal oración: “¡Padre Nuestro,… líbranos del mal!”.
Última actualización el Jueves 01 de Julio de 2010 12:49
 

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