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| Realidad y existencia del Diablo (1era. parte) |
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| Jueves 01 de Julio de 2010 11:43 |
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La existencia real del Diablo pasa a ser un tema de absoluta importancia en la vida espiritual, ya que la llamada “faceta negativa” del crecimiento espiritual, que viven esencialmente los principiantes después de su primera conversión, consiste en su lucha contra el pecado, y es precisamente la acción de Satanás una de las tres fuentes de impulso hacia el pecado (las otras son la propia concupiscencia y el mundo).De ahí la necesidad de profundizar el conocimiento sobre la nefasta acción del enemigo del hombre, que hace de la ignorancia y los conceptos erróneos sobre él mismo su mejor arma, que le permite actuar en la impunidad de la oscuridad que rodea a su persona. Vamos a ver algunos importantes conceptos de autores espirituales sobre el “príncipe de las tinieblas”, el devorador de los hombres: Catequesis de Paulo VI del 15/11/1972 Raniero Cantalamessa, “Ungidos por el Espíritu” Cardenal Joseph Suenens, “Renovación y poder de las tinieblas” Catequesis De Paulo Vi Del 15/11/1972:Es muy importante la catequesis que sobre la realidad del demonio dio el papa Pablo VI en la audiencia general del miércoles 15 de noviembre de 1972, publicada al día siguiente en el “Osservatore Romano”. Veamos la claridad y valentía con que el Papa aborda este tenebroso tema en esta ya famosa catequesis:<<¿Cuáles son hoy las mayores necesidades de la Iglesia? Que no los sorprenda como simplista, o incluso como supersticiosa e irreal nuestra respuesta: una de las mayores necesidades es la defensa contra aquel mal que denominamos el Demonio. Antes de aclarar nuestro pensamiento invitamos al de ustedes a que se abra a la luz de la fe respecto a la visión de la vida humana, visión que desde este observatorio se expande inmensamente y penetra en singulares profundidades. Es el cuadro de la creación, la obra de Dios, que Dios mismo, como espejo exterior de su sabiduría y poder, admiró en su belleza substancial (Cf. Gén. 1,10, etc.) Es muy interesante el cuadro de la dramática historia de la humanidad, de cuya historia emerge la de la redención, la de Cristo, la de nuestra salvación, con sus estupendos tesoros de revelación, de profecía, de santidad, de vida elevada a nivel sobrenatural, de promesas eternas (Cf. Ef. 1,10). Si sabemos observar este cuadro, no podemos no quedar encantados (Cf. San Agustín, Soliloquios): todo tiene un sentido, todo tiene un fin, todo posee un orden y todo deja entrever una Presencia-Trascendencia, un Pensamiento, una Vida, y finalmente un Amor, de modo que el universo, por lo que es y por lo que no es, se presenta ante nosotros como una preparación entusiasmante y embriagante de algo aún más bello y perfecto (Cf. 1 Cor. 2,9; 13,12; Rom. 8,19-23). La visión cristiana del cosmos y de la vida es por lo tanto triunfalmente optimista, y esta visión justifica nuestro gozo y nuestro reconocimiento por poder vivir, por lo cual, celebrando la gloria de Dios nosotros cantamos nuestra felicidad (Cf. El “Gloria” de la Misa). La Enseñanza BiblicaPero ¿es completa esta visión? ¿Es exacta? ¿Nada importan las deficiencias que encontramos en el mundo? ¿Las disfunciones de las cosas respecto a nuestra existencia? ¿El dolor, la muerte? ¿La maldad, la crueldad, el pecado, en una palabra, el mal? ¿Y no vemos cuánto mal hay en el mundo? ¿Especialmente cuánto mal moral, en forma simultánea aunque diversa, contra el hombre y contra Dios? ¿No es acaso éste un espectáculo triste, un misterio inexplicable? ¿Y no somos precisamente nosotros, como cultores del Verbo y cantores del Bien, nosotros creyentes, los más sensibles, los más turbados por la visión y la experiencia del mal? Lo encontramos en el reino de la naturaleza, donde muchas de sus manifestaciones parecen denunciarnos la existencia de un desorden. Después lo encontramos en el ámbito humano, donde constatamos la debilidad, la fragilidad, el dolor, la muerte, y algo peor, una ley con un doble contraste, que por un lado quisiera el bien, y por el otro está volcada al mal, tormento éste que San Pablo pone en humillante evidencia para demostrar la necesidad y la suerte de una gracia salvadora, es decir, de la salud traída por Cristo (Cf. Rom. 7); ya el poeta pagano había denunciado este conflicto interior radicado en el mismo corazón del hombre: video meliora proboque, deteriora sequor (OVIDIO, Met. 7,19). Nos encontramos con el pecado, perversión de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, como separación de Dios, fuente de la vida (Rom. 5,12), y, a su vez, ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en nuestro mundo de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa.Quién rehúsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica; como se sale también quien hace de ella un principio autónomo, algo que no tiene su origen, como toda criatura, en Dios; o quien la explica como una seudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias. El problema del mal, visto en toda su complejidad y su carácter absurdo respecto a nuestra racionalidad unilateral, se hace obsesionante. Constituye la mayor dificultad que aparece en nuestra comprensión religiosa del cosmos. No por nada San Agustín suplicó por años: Quaerebam unde malum, et not erat exitus, yo buscaba de donde provenía el mal y no encontraba explicación (San Agustín Confesiones VII, 5, 7, 11, etc.; PL, 32, 736, 739). He aquí, pues, la importancia que asume el tomar conciencia del mal para nuestra correcta concepción cristiana del mundo, de la vida, de la salvación. Cristo mismo nos ha hecho advertir esta importancia. En primer lugar, en el desarrollo de la historia evangélica al principio de su vida pública: ¿Quién no recuerda la página densísima de significados de la triple tentación de Cristo? Más tarde, en los muchos episodios evangélicos en los que el demonio se cruza en el camino del Señor y aparece en sus enseñanzas (por ej. en Mateo 12,43-45: “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí.” Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio. Así le sucederá también a esta generación malvada.”) Y, ¿cómo no recordar que Cristo refiriéndose tres veces al demonio como adversario suyo, lo califica de “príncipe de este mundo”? (Juan 12,31: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera; Juan 14,30: Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder. Juan 16,11: Porque el Príncipe de este mundo está juzgado.) La realidad invadente de esta nefasta presencia aparece señalada en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento. San Pablo lo llama “Dios de este siglo” (2 Corintios 4,4), y nos pone sobre aviso con relación a la lucha en la oscuridad que los cristianos debemos sostener no sólo con un demonio sino con una terrible pluralidad suya: dice el apóstol en la carta a los Efesios 6,11-12: “Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne (solamente), sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires.” Y que no se trata de un solo demonio, sino de muchos, nos lo indican muchos pasajes evangélicos (Lucas 11,20: “Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios”. Marcos 5,8-9: “Es que él le había dicho: “Espíritu inmundo, sal de este hombre”. Y le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?” Le contesta: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”); pero el principal es uno: Satanás, que quiere decir adversario, el enemigo; y con él muchos, todos criaturas de Dios, pero degradadas, pues han sido rebeldes y condenados, todo un mundo misterioso, trastornado por un drama infeliz del que conocemos bien poco. |
| Última actualización el Jueves 01 de Julio de 2010 12:48 |






La existencia real del Diablo pasa a ser un tema de absoluta importancia en la vida espiritual, ya que la llamada “faceta negativa” del crecimiento espiritual, que viven esencialmente los principiantes después de su primera conversión, consiste en su lucha contra el pecado, y es precisamente la acción de Satanás una de las tres fuentes de impulso hacia el pecado (las otras son la propia concupiscencia y el mundo).