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La desconfianza que se ha de tener en si mismo La desconfianza en sí misma es tan sumamente necesaria en el combate espiritual, que sin esta cualidad o condición, no solamente no podremos triunfar contra los enemigos de nuestra santidad. Del capítulo 2 del Combate Espiritual de Lorenzo Scupoli.
La desconfianza que se ha de tener en si mismo La desconfianza en sí misma es tan sumamente necesaria en el combate espiritual, que sin esta cualidad o condición, no solamente no podremos triunfar contra los enemigos de nuestra santidad, sino que ni siquiera lograremos vencer las más débiles de nuestras pasiones. Siempre se cumplirá lo que dijo la profetisa Ana en la Biblia: “No triunfa el ser humano por su propia fuerza” (1Sam. 2,9). Y lo que anunció el profeta: “mi pueblo dijo: “soy fuerte”. Puedo resistir solo al enemigo”. Y fue entregado en poder de sus opresores”. Es necesario grabar profundamente en nuestra mente esta verdad, porque sucede desafortunadamente que aunque en verdad no somos sino nada y miseria, sin embargo tenemos una falsa estimación de nosotros mismos, creyendo sin ningún fundamento, que somos algo, que podemos algo, que vamos a se capaces de vencer por nuestra cuenta y con las propias fuerzas. Este error es funesto y trae fatales consecuencias, y es efecto de un dañoso orgullo que desagrada mucho a los ojos de Dios. Y si lo aceptamos se cumplirá en cada uno lo que cuenta el salmista: “ Yo creía muy tranquilo; “no fracasaré jamás”. Pero alejaste oh Dios tu ayuda de mi lado, y caí en derrota y opresión” (Salmo 30).
Tenemos que convencernos que no hay virtud, ni cualidad, ni buen proceder en nosotros que no proceda de la bondad y misericordia de Dios, porque nosotros mismos, como dice San Pablo, ni siquiera podremos decir por propia cuenta que Jesús es Dios. “Toda nuestra capacidad viene de Dios. Pues Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar” (Filip. 2,13). Por nuestras solas fuerzas lo que somos capaces de producir es: maldad, imperfección y pecado.
La desconfianza en si mismo es un regalo del cielo y Dios la concede en mayor grado a las almas que tiene destinadas a más alta dignidad, hasta que puedan repetir lo que decía aquella famosa mujer de la antigüedad , Santa Ildegarda: “De lo único que puedo tener absoluta seguridad en cuanto a mi misma, es de mi pavorosa debilidad para pecar y de mi terrible inclinación hacia mal camino: Dios lleva al alma hacia la desconfianza en sí misma permitiendo que le lleguen tentaciones casi insuperables, caídas humillantes, reacciones inesperadas, y que aparezcan en su naturaleza unas inclinaciones inconfesables, y dejándola por ciertos tiempos en una tan oscura noche del alma que hasta para decir un Padre nuestro siente fatiga y desgano. De manera que se llegue a adquirir la convicción de la total impotencia e incapacidad para caminar hacia la perfección y la santidad, si el poder de Dios no viene a ayudar. Los remedios. El principal remedio, de los cuatro que vamos a aconsejar es pensar y meditar hasta convencerse de que por las propias y solas fuerzas naturales no somos capaces de dedicarnos a obrar el bien y a evitar el mal, ni de comportarnos de tal manera que merezcamos entrar al Reino de los cielos. En nuestra memoria deben estar siempre aquellas palabras de Jesús: “Sin Mi, nada podéis hacer”.
El segundo remedio es pedir con fervor y humildad, muy frecuentemente a Dios la gracia de confiar en El y desconfiar de nosotros mismos. Porque esto es un regalo del cielo y para conseguirlo es necesario ante todo reconocer de que no poseemos la desconfianza necesaria, y luego convencernos de que la desconfianza en nosotros mismos no la vamos a conseguir por nuestra propia cuenta sino que es necesario postrarse humildemente en la presencia del Señor y suplicarle por su infinita bondad que se digne concedérnosla y podemos estar seguros que si perseveramos pidiéndosela, al fin nos la concederá.
Hay un tercer remedio para adquirir la desconfianza en sí mismo (respecto al lograr conseguir por nuestra propia cuenta la santidad y consiste en acostumbrarse poco a poco a no fiarse de las propias fuerzas para lograr mantener el alma sin pecado, y a sentir verdadero temor acerca de las trampas que nos van a presentar nuestras malas inclinaciones que tienden siempre hacia el pecado; a recordar que son innumerables los enemigos que se oponen a que consigamos la perfección, los cuales son incomparablemente más astutos y fuertes que nosotros y aun logran hacer lo que ya temía San Pablo: “Se transforman en ángeles de luz, para engañarnos” (1 Cor. 11,14) y con apariencia de que nos están guiando nos ponen trampas contra nuestra salvación. Con el salmista podemos repetir: “Cuántos son los enemigos de mi alma Señor! Y la odian con odio cruel”. Y no nos queda sino repetirle la súplica del Salmo 12 Señor: hasta cuándo van a triunfar los enemigos de mi alma? Que no pueda decir mi enemigo : le he vencido”. “Que no se alegren mis adversarios de mi fracaso”. El cuarto remedio consiste en que cuando caemos en alguna falta reflexionemos acerca de cuán grande es nuestra debilidad e inclinación al mal, y pensemos que probablemente Dios permite las culpas y caídas para iluminarnos mejor acerca de la impresionante incapacidad que tenemos para conseguir por la propia cuenta la santificación, y aprendamos así a ser humildes y reconocer las limitaciones y aceptar ser menospreciados por los demás. |