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Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.
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Todos los maestros espirituales enseñan como orar: hay prepararse, hay que recogerse, hay que saber ir en profundidad. Y sin embargo, a veces nuestra oración es árida.
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Siendo toda para Dios, María no es ajena para el mundo. Más aún, para ella, el mundo es el lugar donde Dios encuentra al hombre, donde se espera a Aquel que ̶por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”.